Por Henry Vargas Hay una pregunta que pocas veces nos hacemos dentro de la familia: ¿hasta dónde amar a los nuestros significa permanecer unidos y desde cuándo esa unión comienza a impedirnos ser nosotros mismos? El psiquiatra estadounidense Murray Bowen, creador de la teoría de sistemas familiares, desarrolló uno de sus conceptos más interesantes alrededor de esta pregunta: la diferenciación del yo. Para Bowen, una persona diferenciada puede amar, respetar y permanecer emocionalmente vinculada a su familia sin renunciar a su propio pensamiento. Puede decir “te quiero” y, al mismo tiempo, decir “pienso diferente”. Puede cuidar a los demás sin desaparecer dentro de las necesidades de los demás. Y aquí es donde considero interesante mirar nuestras culturas. Los dominicanos somos profundamente familiares. Nuestra identidad está marcada por la casa de los abuelos, la mesa compartida, la madre que lo da todo, la abuela que sostiene la familia, el padre que trabaja hasta el cansancio y los hijos que, aun siendo adultos, continúan sintiendo una enorme responsabilidad emocional hacia sus padres. En muchos hogares dominicanos, la familia no es solamente una institución afectiva: es nuestra identidad. La abuela sufrió para mantener unida a la familia. El abuelo trabajó hasta la última gota de sudor para que nada faltara. Nuestros padres aprendieron que sacrificarse era una demostración de amor. Y nosotros heredamos esa enseñanza. Pero existe una pregunta incómoda: ¿Quién cuidó emocionalmente de la abuela?¿Quién le preguntó qué quería ella?¿Quién le permitió decir “no puedo”? A veces confundimos el sacrificio con el amor. Y quizás ahí aparece una de las grandes enseñanzas que podemos extraer de Bowen: el apego puede unir, pero también puede encadenar cuando una persona siente que vivir para sí misma constituye una traición a su familia. No se trata de culpar a nuestros abuelos. Ellos hicieron lo que entendieron necesario con las herramientas culturales y sociales de su época. El problema aparece cuando nosotros heredamos el sacrificio como una obligación y no como una elección. ¿Y qué ocurre en otras culturas? En muchas culturas latinoamericanas encontramos también una fuerte valoración de la familia extensa. Padres, abuelos, tíos y primos pueden desempeñar papeles importantes en la vida cotidiana. La solidaridad familiar puede ser extraordinaria, pero también puede generar una fuerte presión para mantener la armonía y cumplir las expectativas del grupo. En Estados Unidos, en términos generales, existe una valoración cultural mayor de la autonomía individual, la independencia y la construcción de un proyecto personal. El hijo adulto puede marcharse de casa, tomar decisiones diferentes a las de sus padres y construir una vida propia sin que necesariamente eso sea interpretado como abandono. En Canadá también encontramos una fuerte valoración de la autonomía personal, aunque convive con importantes ideales de cooperación, comunidad y responsabilidad social. En Alemania, culturalmente, suelen destacarse valores relacionados con la responsabilidad individual, la autonomía, el orden y la planificación. La pertenencia familiar puede ser importante, pero existe una mayor aceptación social de que cada adulto construya su propio camino. Pero cuidado: esto no significa que los estadounidenses, canadienses o alemanes sean más diferenciados que los dominicanos o los latinoamericanos. Sería una conclusión simplista y contraria al propio planteamiento de Bowen. La diferenciación no viene estampada en el pasaporte. Lo que sí podemos observar son diferentes maneras culturales de entender la autonomía, la familia, el sacrificio y la pertenencia. Y esas diferencias pueden influir en nuestra manera de relacionarnos. El problema no es amar a la familia Mi opinión es que el verdadero desafío de nuestra generación no consiste en abandonar nuestras raíces. Necesitamos nuestras raíces. Necesitamos saber de dónde venimos, recordar a nuestros abuelos, respetar sus sacrificios y agradecer todo lo que hicieron por nosotros. Pero una raíz está para sostener un árbol, no para impedirle crecer. Podemos honrar a nuestros antepasados sin repetir todos sus sufrimientos. Podemos amar a nuestros padres sin vivir permanentemente buscando su aprobación. Podemos agradecer a nuestros abuelos sin convertir sus sacrificios en una deuda que debemos pagar durante toda nuestra vida. Y podemos construir una familia diferente sin considerar que estamos traicionando a la familia que nos precedió. Bowen hablaba precisamente de cómo determinados patrones emocionales pueden transmitirse entre generaciones. Las relaciones familiares pueden reproducir, consciente o inconscientemente, formas de reaccionar, pensar y relacionarse que pasan de una generación a otra. Por eso considero que diferenciarse no significa desprenderse de la familia; significa aprender a pertenecer sin perderse. Quizás llegó el momento de que en nuestras familias dominicanas comencemos a cambiar una frase: En lugar de decir: “Yo hice todo por mi familia.” podamos algún día decir: “Hice mucho por mi familia, pero también aprendí a vivir mi propia vida.” Porque amar no debería significar desaparecer. El verdadero crecimiento quizá consiste en poder mirar a nuestros padres y abuelos con gratitud, reconocer sus sacrificios, abrazar nuestras raíces y, finalmente, tener el valor de decir: “Gracias por todo lo que hicieron para que yo llegara hasta aquí. Ahora permítanme descubrir quién soy.” Ese, desde mi perspectiva, es uno de los grandes retos de la familia moderna: seguir perteneciendo sin dejar de ser uno mismo. Y quizá esa sea la verdadera libertad emocional: amar sin cadenas. Nota editorial: me gusta especialmente la frase “una raíz está para sostener un árbol, no para impedirle crecer” porque puede convertirse en el eje de la columna. Además, la idea está alineada con Bowen: diferenciación no significa cortar los vínculos, sino poder mantener contacto emocional sin quedar fusionado con el pensamiento o las emociones de los demás. Navegación de entradas Un giro diplomático hacia la confrontación El poder de las plataformas digitales