Por Henry Vargas

La radio dominicana ha cambiado. Eso es una realidad que no podemos negar. La sociedad cambió, las formas de comunicación evolucionaron, las plataformas digitales transformaron los hábitos de consumo y las nuevas generaciones tienen otras maneras de informarse y entretenerse.

Pero surge una pregunta que merece una profunda reflexión: ¿la radio dejó de ser radio en República Dominicana?

No se trata de rechazar los cambios ni de vivir anclados al pasado. La evolución es necesaria. Lo preocupante es cuando, en nombre del progreso, se pierden valores fundamentales que durante décadas dieron identidad, credibilidad y prestigio a la radio.

La sociedad puede cambiar, pero los valores deben seguir cultivándose.

Vivimos tiempos de una evidente descomposición social, donde muchas veces el escándalo genera más atención que el talento, la vulgaridad parece competir con la creatividad y el ruido intenta imponerse sobre el contenido.

Sin embargo, creo firmemente que lo bueno perdura en el tiempo.

El verdadero talento no necesita destruir para ser reconocido. El arte auténtico no necesita degradarse para conectar con el público. La buena comunicación no debería renunciar a la responsabilidad simplemente para conseguir más audiencia.

Hoy vemos cómo el negocio desmedido amenaza con convertirse en el principal motor de muchos espacios de comunicación. La radio, que durante años fue escuela, cultura, información, entretenimiento y plataforma para grandes talentos, en algunos casos parece estar perdiendo su esencia.

Y en medio de esta transformación surge una preocupación aún mayor: el uso de los recursos y estructuras del propio Estado para alimentar un monstruo mediático que, en ocasiones, termina arrasando con el talento, la creatividad y el arte independiente.

Cuando el poder económico y político concentra la atención, los recursos y las oportunidades en determinadas estructuras, muchos artistas, comunicadores y talentos emergentes quedan relegados.

No porque les falte capacidad.

No porque no tengan propuestas.

Sino porque el monstruo del negocio crece tanto que termina ocupando todos los espacios.

La radio dominicana necesita evolución, sí. Necesita modernización, nuevas plataformas, tecnología y nuevas formas de conectar con las audiencias. Pero nunca debería perder su responsabilidad social.

Porque una sociedad sin referentes positivos termina normalizando aquello que antes cuestionaba.

Necesitamos volver a cultivar el respeto por la palabra, valorar el talento, proteger el arte y abrir espacios para las nuevas generaciones sin destruir los principios que hicieron grande a nuestra comunicación.

La radio no debe morir.

Pero tampoco debe convertirse en algo irreconocible.

Que cambien los formatos, que evolucionen las tecnologías y que lleguen nuevas voces. Eso es parte del crecimiento.

Pero que nunca olvidemos que la comunicación tiene una responsabilidad con la sociedad.

En medio de la descomposición, aún hay valores.

En medio del ruido, todavía existe talento.

En medio del negocio desmedido, todavía hay personas que creen en el arte.

Y aunque algunos intenten convencernos de que todo debe venderse, sacrificarse o destruirse para sobrevivir, la historia demuestra que hay algo que permanece:

Lo bueno, cuando es auténtico, perdura en el tiempo.

La radio puede cambiar, pero nunca debería perder su alma.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *