Por: Henry Vargas

Gracias a Dios, mis padres y mis abuelos me inculcaron desde muy pequeño la importancia de respetar los procesos de la vida, sin que eso significara dejar de perseguir nuestros sueños.

Aprendí que soñar no es correr desesperadamente hacia una meta. Soñar también implica prepararse, esforzarse, tener paciencia y entender que cada etapa tiene su tiempo.

Cuando estudiaba, podía observar cómo algunos compañeros parecían querer adelantarse a los procesos de la vida. No eran necesariamente hijos de personas pudientes; muchos, al igual que yo, proveníamos de familias trabajadoras, de padres obreros que luchaban cada día por sacar adelante a sus hijos.

Sin embargo, algunas decisiones apresuradas pueden cambiar el rumbo de una vida.

Con el paso del tiempo, la vida nos permite observar las consecuencias de nuestras decisiones. Algunos de aquellos compañeros que quisieron adelantarse a su proceso hoy no se encuentran en las posiciones que quizás soñaron alcanzar. Tomaron decisiones importantes demasiado pronto, sin contar todavía con una preparación profesional, una formación técnica, una carrera universitaria o incluso una base sólida para desarrollar un negocio.

Pero esta reflexión no pretende juzgar a nadie. Cada persona tiene su historia, sus circunstancias y sus propias batallas.

Otros, en cambio, lograron madurar de manera natural, respetando sus procesos, preparándose y avanzando paso a paso. Hoy disfrutan de una buena estabilidad en sus vidas.

Y entonces recuerdo una frase que he escuchado en diferentes momentos:

Rico no es quien más tiene, sino quien menos necesita.

La verdadera riqueza no siempre se mide por la cantidad de dinero que poseemos, sino por nuestra capacidad de vivir con dignidad, tranquilidad y propósito. Sin embargo, conformarse tampoco debe ser una excusa para dejar de avanzar.

Siempre debemos mantener la intención y la gestión de crecer, progresar y mejorar, pero con esfuerzo, preparación e ideas.

Una lección de mi abuelo Julián

Hay una conversación que nunca he olvidado.

Yo apenas tenía 12 años cuando mi abuelo Julián me preguntó cómo avanzaba en la escuela, porque él no me veía en la casa con los cuadernos en las manos.

Su preocupación era genuina.

—¿Cómo vas en la escuela si no te veo estudiando en la casa? —me preguntó.

Yo le respondí con la inocencia, pero también con la lógica de un niño que comenzaba a comprender el valor del tiempo:

—Abuelo, trato de ganar tiempo para ganar tiempo en la casa. Realizo mis tareas mientras se imparten otras materias y aprovecho cada momento que puedo.

Para mí, aquella respuesta tenía un significado muy sencillo: organizar mi tiempo durante el día para que, al llegar a casa, pudiera cumplir con otras responsabilidades.

El tiempo de la casa ya tenía otro propósito.

Era el momento para colaborar con los quehaceres del hogar, compartir con la familia y también disfrutar de mi niñez.

Había tiempo para ayudar.

Había tiempo para jugar.

Había tiempo para descansar.

Había tiempo para disfrutar.

Aquella sencilla organización, que quizás en ese momento yo no comprendía como una gran enseñanza, me mostró algo que con los años he aprendido a valorar: cada momento tiene su propósito.

No se trata de hacer todo al mismo tiempo.

Se trata de entender cuándo debemos concentrarnos, cuándo debemos trabajar, cuándo debemos aprender y cuándo también debemos detenernos para disfrutar la vida.

Porque avanzar no significa vivir corriendo.

Avanzar también significa saber administrar el tiempo y respetar cada espacio de nuestra vida.

Muchas personas quieren alcanzar rápidamente una posición, una estabilidad económica o un reconocimiento social, pero olvidan que detrás de cada logro sostenible existe un proceso.

Quieren los resultados, pero no siempre quieren vivir la preparación.

Quieren llegar a la cima, pero no quieren recorrer el camino.

Y en ocasiones, por querer encajar en lugares que todavía no corresponden a su momento, terminan asumiendo riesgos para los cuales aún no estaban preparados.

No debemos confundir la ambición con la desesperación.

La ambición puede impulsarnos a crecer.

La desesperación puede llevarnos a tomar decisiones equivocadas.

Nuestros padres y abuelos quizás no utilizaban conceptos modernos de psicología, pero nos enseñaron principios que continúan teniendo vigencia: la paciencia, la disciplina, el respeto, el trabajo y el esfuerzo.

No debemos dejar de soñar.

No debemos abandonar nuestras metas.

Pero tampoco debemos querer romper los eslabones que forman nuestro crecimiento.

Cada etapa tiene una razón.

Cada sacrificio deja una enseñanza.

Cada error puede convertirse en una lección.

Y cada sueño necesita preparación para convertirse en realidad.

Tal vez la pregunta no sea:

¿Por qué todavía no estoy donde quiero estar?

Sino:

¿Qué estoy haciendo hoy para prepararme para estar allí mañana?

Porque llegar puede ser difícil.

Pero mantenerse puede ser aún más difícil.

Y quizás la mayor enseñanza que debemos recordar es que no todos los procesos se pueden acelerar.

Hay cosas que necesitan tiempo.

La experiencia necesita tiempo.

La madurez necesita tiempo.

La preparación necesita tiempo.

Y los sueños, aunque debemos perseguirlos cada día, también necesitan una base sólida para no derrumbarse cuando finalmente se conviertan en realidad.

Porque los sueños no tienen fecha de vencimiento.

Pero los procesos merecen respeto.

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